Jueves 17 de Mayo del 2012
Qué piensa el budismo de...
Cómo tomar los votos del Boddhisattva
Prometo liberar a todos los seres de sus dificultades;
prometo erradicar todas las pasiones;
Prometo dominar todos los dharmas;
Prometo conducir a todos los seres a la budeidad.
Es bastante difícil cumplir ya con los preceptos básicos del Budismo. Pensar en tomar votos en esta escala tan vasta nos puede llevar a ser indulgentes y soñar despiertos, fantaseando con que estamos observando todos esos votos maravillosos cuando en realidad ni siquiera practicamos con seriedad los preceptos más simples.
Entonces, la pregunta no sólo es ¿cómo debo tomar los preceptos del Bodhisattva? sino ¿cómo debemos tomar la perspectiva cósmica que ofrece el Mahayana para llevarlos a cabo, por ejemplo, la idea de que nos tomará tres kalpas recorrer el camino del Bodhisatva?
Tal ves esto podrá tener el efecto saludable de ensanchar nuestra imaginación, pero un principio al que debemos volver es que el ideal del Bodhisattva cósmico no puede ser considerado como exclusivo de un solo individuo determinado. Creer que uno puede formar personalmente ese tipo de aspiración es equivocarse al interpretar su verdadera importancia.
Como individuos comunes, quizá podemos permitirnos pensar en el renacimiento, incluso en una serie de renacimientos a través de un largo periodo. Acaso podemos imaginar que nuestras vidas espirituales continúan su proceso una vida tras otra. ¿Pero podemos pensar literalmente en nuestro desarrollo como Bodhisatvas como algo que abarca tres kalpas? Un kalpa significa muchísimo tiempo. La descripción tradicional de un kalpa nos pide imaginar una roca que tiene un kilómetro de altura, un kilómetro de ancho y un kilómetro de largo. Luego imaginamos que una vez, cada cien años, llega alguien y roza la cima de esa roca con un pedazo de seda de Benares. Pues un kalpa es el tiempo que tardaría en erosionarse esa roca mediante la forma descrita. Es, en verdad, un periodo inmenso.
Gampopa fue un gran maestro tibetano de la escuela Kagyu, que vivió por los días en que los normandos conquistaron Bretaña. En su libro Joya de la liberación cita el Bodhisatvabhumi así:
“Me regocijará si permanezco en el infierno durante miles de eones, si eso sirve para salvar del sufrimiento al menos a un solo ser, por no mencionar periodos más largos y mucho mayores penas. Tal es la ardorosa armadura de un bodhisattva”.
Tenemos entonces que, al parecer, un bodhisattva se ofrece voluntariamente para pasar millones de años en distintos infiernos, si con ello puede ayudar así sea a un solo ser vivo. ¿Pero podemos, en verdad, imaginarnos a nosotros mismos haciendo eso? (ya es para muchos bastante difícil ayudar con lavar los trastes después de comer o recoger la mesa cuando vamos a visitar a nuestra familia). Con seguridad, sería imposible que un ser humano afirme eso y sinceramente lo crea. Si intentamos imaginar cómo serían los sufrimientos en el infierno, comprenderemos que no seríamos capaces de soportar ni la centésima parte de ello. ¿Cómo, entonces, hemos de tomar aquello como una aspiración funcional en la vida real de un ser humano?
Cuando el texto habla de bodhisattva en esa manera es más sensato pensar que se refiere a una especie de tendencia cósmica, o reconocer la existencia de la potencialidad de alcanzar la iluminación incluso bajo las circunstancias más desfavorables. Encontramos esta perspectiva, igualmente formidable, en el trabajo llamado La guirnalda preciosa, donde Nagaryuna dice:
“(Un bodhisatva) permanece por tiempo ilimitado [en el mundo],/porque para una ilimitada cantidad de seres busca
la ilimitada (cantidad de cualidades de la) iluminación/ y lleva a cabo acciones virtuosas sin límite”
De modo que encontramos un texto Mahayana que describe al Bodhisatva, la personificación del ideal que nos exhortamos a cumplir, pero que no parece en absoluto practicable para nosotros hoy en día. De hecho, a juzgar por esta descripción, el Bodhisatva difícilmente parece una persona común. La impresión que nos da es que está más allá de una individualidad, como solemos entenderla. Más bien parece ser una maravillosa energía espiritual impersonal.
Entonces lo mejor que podemos inferir es que el Mahayana no espera que nos comportemos literalmente de la manera descrita. No tenemos que imaginarnos efectuando una infinidad de buenas obras, estableciendo tierras de budas ni liberando a un infinito número de seres de forma literal y personal. Es más práctico asumir que el Bodhisatva representa un patrón de energía espiritual universal, incluso omnipresente, que opera en el cosmos, una energía que podemos experimentar. No podemos pensar, de manera literal (a pesar de lo románticos que seamos) en que vamos a ser unos Bodhisatvas cósmicos surcando diferentes planos de existencia y ayudando a cruzar el océano de Samsara a todos los seres.
Sin embargo es importante que sí estemos abiertos al ideal, aspirando ser un canal para que actúe esta energía dentro de nuestra esfera particular. Ese sería el modo más realista y hasta el más honesto de verlo. Tenemos que entendernos a nuestra verdadera situación, de otra manera nos perderemos en aspiraciones fantasiosas. Todo se puede volver un tanto teatral y, en efecto, sucede así a veces en los países orientales que practican el budismo Mahayana. El Budismo Theravada es mucho más sobrio, más cercano a los aspectos de cada situación.
Sin embargo, el Mahayana transmite muy bien el espíritu del proceso completo, es decir, el hecho de que este proceso ocurre dentro de un contexto mucho más vasto y amplio, incluso cósmico.

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